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XXXV JORNADAS NACIONALES CPM

Lleida, 19-20 octubre 2002

Ponència “El despertar religioso de los hijos o el reto de comunicar la experiencia y los valores cristianos

Francesc Romero Truñó

Francesc Romero Truñó es periodista, exdirector del programa religioso “Signes dels Temps” de TV3 y director de La Marató de TV3. Casado y padre de dos hijos de 18 y 13 años. Es miembro del CPM de Terrassa.

1. Agradecimiento y acotaciones
2. Educación en valores y transmisión de la fe?
3. La herencia recibida: el problema del qué
4. Los ámbitos (y los colaboradores) de la transmisión
5. Palabras y experiencias: el problema del cómo
6. La fe: certeza versus seguridad
7. Conclusión.

1. Agradecimiento y acotaciones

Buenas tardes. Permitidme que antes que nada aclare que si estoy aquí, invitado por la organización –a la que agradezco la confianza pero a la que advertí que podian arrepentirse por si no daba la talla que esperaban- no es por mi condición de periodista o de guionista televisivo, como figura en el programa de mano, sino por razones tan alejadas de esas y, a la vez tan comunes a las vuestras, como mi condición de creyente, de padre de dos hijos (un chico de 18 años, casi 19, y una jovencita de 14), y sobre todo por haber vivido con Laura, mi esposa, la experiencia, durante los últimos cinco años, de formar parte de un grupo parroquial de 6 parejas que, como muchos de vosotros hacemos cursillos de preparación al matrimonio y que nos ha permitido conocer a más de 150 futuros matrimonios.

Tendría que añadir una razón más y es que hace unos meses la Fundación Claret me dio la oportunidad y el encargo de escuchar y compartir durante dos dias las preocupaciones y las experiencias de un grupo de 8 padres y madres jóvenes en la transmisión de la fe a sus hijos, hijos por cierto que no superaban los 12 años.

El encargo se completaba con la exposición resumida de esas experiencias en el curso de unas jornadas que la Fundación Claret organizó en Barcelona el pasado mes de abril.

Lo que vengo a exponeros hoy, por encargo de la organización, es precisamente esa misma ponencia. Sí lo hago es con el rubor de haber tenido poco trabajo –confieso que me he limitado a traducir al castellano lo que entonces expuse en catalán- pero también con la confianza de ofreceros algo que vale la pena porque resume el esfuerzo de esos padres, siempre renovado y a contracorriente, por transmitir la fe a sus hijos.

No son teorias sinó experiencias que acumulan y resumen las dificultades de esa transmisión en una sociedad que no lo pone fácil y, a la vez, resume las conclusiones de esos padres, de esas familias, tal vez podriamos decir de nuestras familias, que ante el reto aún no han tirado la toalla.

Cuando digo nuestras familias entendedme bien que lo digo con la boca pequeña, consciente del hecho que “cada familia es un mundo” y por lo tanto, por favor, excusadme sino os invito a hacer extrapolaciones ni generalizaciones. Esto responde únicamente a la experiencia personal de un grupo reducido de familias y, además, filtrada por la mía, y por lo tanto, no deja de ser una sesgada interpretación.

Ahora bien tiene el valor de la autocrítica, de atreverse a poner en cuestión lo que hacemos y lo que deberíamos hacer sobre este aspecto que a los padres cristianos nos preocupa durante la etapa de crecimiento de los hijos. Un aspecto del que la Iglesia, contrariamente a lo que podría parecer, y dejadme que aquí empiece a citar algunas de las reflexiones de esas familias, habitualmente no se ocupa lo suficiente. Quizás es porque no le toca hacerlo.

2. Educación en valores y transmisión de la fe?

Lo primero que destacaría de estas reflexiones es lo que he intentado resumir en forma de pregunta: cuando hablamos de transmisión de la fe, estamos hablando de algo disociado, separado de nuestra tarea educativa? ¿Estamos diciendo que transmitirles la fe, acercarlos a Dios, darlos unos valores cristianos, es un trabajo que hacemos aparte, en horas libres, de nuestra obligación moral, cotidiana, de educarlos en valores, valores humanos, sin más adjetivos?

Si disociamos estos dos hechos, revelamos a nuestros hijos dos cosas: o bien que nuestra vida no es por ella misma un modelo coherente de existencia dónde ellos puedan reflejarse –y entonces ya nos podemos preparar para tarde o temprano responder de nuestras incoherencias- o bien que nuestra fe es algo añadido, postizo, accesorio a nuestra vida –y en ese caso no soñemos que los hijos cultiven una fe que de sentido a su vida porque, de hecho, tampoco lo habrá dado a la nuestra .

Para los padres que nos creemos creyentes la fe y la vida, los valores cristianos y la educación, no pueden ir disociadas. Os lo diré en palabras de una madre que participó en las reuniones:

“Una prioridad de nuestra vida de pareja, decía, es la educación de nuestras hijas. A raiz de la propuesta de participar en el grupo mi marido y yo nos preguntamos: estamos haciendo una transmisión de valores en clave cristiana a nuestros hijos? Nuestra conclusión era que no, y por lo tanto no teníamos nada que decir, nada que aportar. Pero yo me resistía a creer, decia esa madre, que, pese a que nosotros no hiciéramos de manera consciente una transmisión de la fe cristiana, yo no podía aceptar que lo que yo hacía con mis hijas no era coherente con mis creencias, que no estaba haciendo una transmisión creyente. Mi conclusión, dijo, es que los valores humanistas que les transmitimos provienen de una fuente cristiana. Y por esto estoy aquí. ”

Otros padres, que no pudieron asistir a las reuniones pero nos hicieron llegar por escrito sus reflexiones, nos lo expresaban de una manera diferente pero apuntando al mismo hecho: “Para nosotros, decían, la fe es amor. Por lo tanto, transmitir la fe para nosotros es un hecho que vivimos cada día, vivimos la fe en las cosas cotidianas, en los hábitos del día a día, en el respeto mutuo entre nosotros y entre nosotros y los hijos, en el amor que nos tenemos y nos manifestamos. Manifestarlo es importantisimo. Decir “te quiero, hijo”, o suscitar un espontáneo “te quiero, papá”, “te quiero, mamá”, es la primera lección de nuestro catecismo”.

Y, por si no quedaba suficientemente claro, añadían: “Esta fe, este amar se palpa cada día: en lo que damos de afecto a la hora de levantarse, en el momento de prepararse para ir a la escuela, en el comentar como ha ido el dia, en el besuquearse o en el abrazarse, en el ceder y en el no ceder, en el poner límites, en el dar gracias por todo lo que tenemos y, sobretodo, por lo que somos,...”

Ahora bien, si transmitir la fe es algo tan sencillo como esta cotidiana y deseable relación amorosa entre padres e hijos, ¿por qué nos complicamos tanto la existencia, por qué nos preguntamos repetidamente como podemos transmitir nuestra fe a nuestros hijos? La respuesta podría abrirnos muchos frentes, pero me parece acertada la reflexión que aportó uno de los padres:

“Uno de los errores históricos de la Iglesia en los últimos cien años ha estado precisamente el error de disociar fe y sociedad. El predominio de una sociedad laica y de un pensamiento ateo en la sociedad, decía, ha generado que la Iglesia se alejara de la sociedad. La Iglesia ha concluido y piensa que todo lo que proviene de la sociedad no puede ser demasiado bueno, y la consecuencia es que la vida ha ido por un camino y la fe ha ido por otro. En cambio, en países de misión, dónde no habia un pasado cristiano, la Iglesia ha tenido que partir de la vida. Ha adecuado su lenguaje a la vida. En Occidente, en cambio, el lenguaje de la Iglesia se ha distanciado de la realidad cotidiana y no nos hemos entendido con la sociedad.”

No recuerdo si él mismo padre o algun otro lo complementó con estas palabras:

“Tengo la impresión de que funcionamos en dos niveles, uno dedicado a la vida cotidiana y, otro, dedicado a experimentar la fe. Pues, no. En todo aquello que vivimos deberíamos intentar descubrir una experiencia de fe, esto es encontrar Dios en la vida, porque Dios no puede funcionar al margen de la vida. A los cristianos nos parece difícil de entender a Dios en la sociedad en la que vivimos, da la impresión de que creemos que Dios ha abandonado la sociedad, y hablamos de nuestro mundo con tan poco amor y cariño que parece que Dios nos ha abandonado. Y no es así: Dios continúa estando presente en esta humanidad, y si no lo creemos así, decía, ¿cuál es nuestra fe?”

Esto es lo que nos podríamos preguntar. ¿Cuál es nuestra fe, cuál es el legado que hemos recibido, de quien, cómo? Responder estas preguntas nos permitirá saber con qué dificultades topamos, con qué obstáculos nos enfrentamos cada día a la hora de transmitir la fe.

3. La herencia recibida: el problema del qué

¿Qué hemos recibido como fe? ¿Cuál es el contenido de nuestra fe? ¿Es el Credo? ¿Es la oración del Padre Nuestro? ¿Son los diez mandamientos? ¿Son los 7 sacramentos? ¿Es la liturgia, son las celebraciones del año litúrgico? ¿Son los textos de los evangelios? ¿Son las bienaventuranzas? ¿Es el anuncio de la resurrección? ¿Lo es todo junto? Seguro que es todo eso y mucho más.

Pero quienes nos lo han transmitido nos han marcado profundamente a la hora de poner el acento en lo que es importante o poco importante y nos han marcado en el modelo que nosotros hacemos servir a la hora de transmitirlo a nuestros hijos.

Las reflexiones de este grupo de familias giraron muchas veces en torno a esta cuestión. Y me gustaría que os hicierais una idea recordando algunas de esas reflexiones.

“La època que vivieron nuestros padres, decía una madre, los forzó a darnos algunas cosas rancias, que hoy estan fuera de lugar y que, inevitablemente, yo he de desestimar. Sin embargo, detrás de las normas “canónicas” y preceptos que nos transmitian había un amor incondicional que es lo más importante. De su transmisión me queda ese significado del amor y el dar sentido a la vida. Esto es lo más importante. Pero me gustaría haber recibido más cosas para poder ofrecerlas a mis hijos: no se las puedo dar, porque no me gustan.”

Otra madre hacía una reflexión un poco más compleja pero muy frecuente:

“Nosotros, en casa, nos preguntamos si habiendo sido formados de una manera y después, de jóvenes, haber descubierto unas cosas diferentes que nos han valido tanto, ya no sabemos sí nos valieron tanto porque rompimos estructuras y es por eso que nos fue tan bien o nos valió tanto porqué de hecho debajo había una fe que nos la habían transmitido de una determinada manera. Sí es la primera opción, la rupturista, nos preguntamos, ¿entonces qué hemos de enseñarles a nuestros hijos? Porqué, ¿qué romperán ellos? Bien tienen que romper algo sino no pasarán por las etapas que han de pasar como jóvenes... Y si es la segunda, la tradicionalista, ya me diréis, no estoy dispuesta a enseñarles el catecismo de las preguntas,

Por cierto, yo lo aprendí de memoria y de carrerilla los sábados por la mañana sentado en las escaleras de la escuela, unitaria por supuesto, de mi pueblo y os aseguro que me esforzaba porque la maestra nos lo preguntaba literal y cuando fallábamos más de la cuenta recibíamos la caricia de su regla de madera en los dedos. Era la época de la letra –y la fe- con la sangre entra, afortunadamente ya desaparecida, al menos en nuestro contexto.

Hablando del contenido de la fe que hemos de transmitir, aparecen otros conflictos personales. Un padre decía:

“A nosotros nos es más fácil, nos sentimos más cerca, de vivir y transmitir los valores humanistas que encierra el cristianismo y ser coherentes con ellos que hacerlo con la vertiente trascendente.”

Y otro lo confirmaba así:

“Nos es fácil transmitir el mensaje ético del cristianismo (su humanismo, su filosofía, sus valores, los valores de Jesús) pero no nos es nada fácil hacerlo con la imagen trascendente de Dios, la imagen del Credo (Dios creador, omnipotente, origen de todo, Jesús como hijo suyo, el Espíritu Santo como fuente de vida...), sencillamente porque ni siquiera nosotros

mismos la entendemos esta imagen. Este es nuestro punto débil y por lo tanto sólo nos quedan 2 soluciones: o damos a nuestros hijos una explicación simple y ridícula que no nos creemos ni nosotros mismos–y por lo tanto todo se desmorona- o bien, decía, entonamos el silencio como respuesta, pero, ojo, entonces es un silencio de impotencia, no un silencio positivo.”

La respuesta de alguien a ese dilema era de esperar:

“Pues, yo tengo miedo que sí lo restringimos al humanismo se nos diluya el cristianismo”.

Y lo explicaba con un ejemplo. Decía:

“Tenemos que buscar y encontrar huecos para verbalizar a los chicos lo que significan las fiestas litúrgicas (Navidad, Semana Santa,...) porqué sino el tiempo, el ámbito festivo se come el tiempo litúrgico, se convierte en tiempo de fiesta y nada más.”

Y todavía insistiré con una frase corta sobre el santa sanctorum de las dificultades:

“A mí, decía un padre, hablar de la resurrección me cuesta mucho. De verdad, no tengo palabras. ¿Alguien las tiene? “

No os cansaré repitiendo las respuestas de algunos que sí tuvieron y tienen palabras y otros herramientas para comunicar la resurrección. Lo que quiero reflejar con esto es que parece que cuanto más nos adentramos en los contenidos de la fe, cuanto más la desmenuzamos en conceptos, en historias bíblicas, en los aspectos litúrgicos, en las formas, en las normas, etc... más difícil es para los chavales captar la escala de prioridades, y más difícil es para nosotros reconducirlos a la síntesis. Cuantos más árboles y ramas les mostramos más difícil es que vean el bosque. Dile a un niño o una niña que lleva seis meses yendo a catequesis preparándose para hacer la 1a comunión y ya está hecho un lío de conceptos: “Niño, tranquilo, la fe es amar”. “Jo, papà, y para saber esto, ¿tantos sábados yendo a catequesis y sin tele ni jugar?.”

Probablemente, y con esto resumo este segundo punto de nuestras reflexiones, todo estriba en un problema de formación propia. La mayoría de los participantes coincidían en que los padres de nuestra generación no hemos recibido una formación religiosa válida para transmitirla en entornos tan diversos como los actuales y, por lo tanto, sin el dominio de unos conocimientos doctrinales-teológicos difícilmente los sabremos transmitir. Pero yo me pregunto, desde la ignorancia, ¿si Dios es inefable, de lo inefable podemos saber y hablar tanto?

4. Los ámbitos (y los colaboradores) de la transmisión

Hablemos de lo que sí sabemos. Sabemos que los padres no estamos sólo ante el reto de transmitir la fe. Tenemos colaboradores, dentro y fuera de casa, que nos ayudan a abrir los ojos de nuestros hijos a la fe. Desde el bautizo de nuestros hijos contamos con la inestimable ayuda de los padrinos, que una vez al año –al menos aquí en Catalunya- hacen catequesis con una golosa mona de Pasqua o... introducen un aguinaldo en el bolsillo del ahijado. Una gran ayuda catequètica, no?

Bromas aparte, lo cierto es que los hijos tienen otros referentes de la fe además de los padres. Por ejemplo, los abuelos. Dedicamos una buena parte de los 2 dias que estuvimos reunidos a valorar su aportación. Y os puedo decir que ni por activa ni por pasiva ninguno de los abuelos, todos ausentes de la reunión, salió malparado ni maltrecho en su rol transmisor. De su papel formativo con los nietos o con los mismos padres, los abuelos salieron indemnes. Varios ejemplos literales:

“La abuela, en el ámbito de la fe ha hecho cosas que nosotros no habríamos hecho. Por ej.. la figura de Maria la ha transmitido ella, no nosotros, porque nosotros vamos más a la esencia, al mensaje, a Jesús, al compromiso social,... Y los aspectos que, con todo los respetos, nos recuerdan cosas que no nos gustan pues no se los hemos transmitido. Ella tiene un compromiso con la parroquia y esto ellos lo ven. A veces se los lleva a la Iglesia y ellos captan que es una abuela cristiana”.

Otro: “El modelo de mis abuelas es un referente. La fe, para ellas, era importante. Y su fidelidad a las ideas, las creencias, a Jesús, a la institución, me ha servido, aunque no compartiera las formas de su fe”.

Otro: “Aprecio de mis suegros cómo saben transmitir una constancia en sus fórmulas de fe, una fidelidad y una tolerancia en las opciones que toma cada cual a la hora de vivir la fe. Son capaces de saber anteponer lo que es importante de aquello que no lo es. Por ejemplo, el ir a misa, pues, lo importante para ellos es que los niños estén allí, en comunidad: “Si nos hemos de llevar papel, lápices y una alfombra para que dibujes, lo llevamos, pero ven a hacerme compañía a misa, vale?. Mientras dibujas, aunque no puedas comulgar, pues te estás ahí conmigo...”

¿Hasta qué punto estas experiencias, estas vivencias próximas, sin teorizar, sin conceptualizar, con una devoción o un pietismo que quizás no sentiremos nunca como nuestro, son transmisoras de una fe profunda, de las que calan y dejan poso? Un misterio.

Pero hay otras vertientes del papel de los abuelos. Veamos-lo:

“Una cosa que valoro de los abuelos con mis hijos es que les han sabido transmitir la dificultad de la fe. Les dicen “Mirad, nosotros todavía vamos a grupos de reflexión de la fe porque esto de la fe es una cosa que no se acaba nunca, que se ha de vivir y ayudar a crecer una y otra vez, y hay que ir reencontrando nuevas maneras o gente nueva que piense de manera diferente a la tuya...” Y para los chicos esto es algo muy liberador porque se les transmite que la fe comporta un espíritu de búsqueda, que no cesa, que continúa con el paso de los años, y que es a la vez flexible, no intolerante ni dogmática. Con esta actitud los abuelos son un buen referente de la fe para mis hijos”.

Otro: “Nuestros padres, los abuelos de mis hijos, no han querido ejercer nunca de padrinos de bautizo ni otras historias similares. Su ejemplo es el de servicio a los otros, no el de la transmisión de la fe, ritual o teórica. Y creo que este compromiso y fidelidad al voluntariado, a las ONG’s,.. me ha enseñado –a mi y a mis hijos- mucho más que la formación catequètica”.

Otro: “En casa, de los 4 abuelos, ninguno practica. No es una educación en contra pero en ningún caso tampoco a favor de la vida de fe. No son un referente de la fe, pero sí que lo son del amor, de l’hospitalidad, del cariño, ... para mí, eso es suficiente“

Termino con este testimonio: “Mi experiencia con mis abuelos es dispar, de un extremo y del otro: unos muy devotos, muy de la parroquia y, en cambio, otro abuelo era el polo opuesto: *anticlerical, *comecuras, *antipapa, antiIglésia. Pero con el paso del tiempo, miras estas cosas con perspectiva, y eso te ayuda a ver que todas estas experiencias te enriquecen...”

Esta unanimidad en el papel positivo de los abuelos, ¿es trasladable a otros colaboradores, a otros ámbitos de colaboración en la transmisión de la fe, como por ejemplo, el ámbito de la catequesis, de la parroquia, de la escuela religiosa? Aquí la unanimidad se resquebrajó, digamos, un poco.

Junto a quién valora que la catequesis le está sirviendo más ahora a él, para preparar a sus hijos, que no cuando la recibió él de pequeño, hay quién deplora que la catequesis de muchas comunidades cristianas continúa haciéndose con un lenguaje y unos materiales caducos y obsoletos o que las personas que la dan son la antítesis de lo que querrían para sus hijos. Si queréis un ejemplo extremo, oíd este testimonio de una madre que se quejaba de determinados lavados de cerebro:

“Una hija mía volvió un día muy preocupada después de la catequesis para decirme que su tia vivía en pecado. ¿Y por qué hija?, le pregunté aturdida. Pues ¡porque está separada, mamá!. Después de oir eso me sentí indignada, decía la madre. Esa clase de valores no son los míos ni los que quiero que inculquen a mi hija.”

La anécdota no debe hacer el discurso, de acuerdo. Pero de l’anécdota podemos extraer alguna lección. Y en este caso la lección es que ya tenemos suficientes dificultades en un entorno sin referentes válidos de Dios, como para añadirle que desde la misma iglesia se contradiga al evangelio o se confunda los niños con mensajes farisaicos y discriminatorios.

No hay duda que nuestra sociedad nos lo pone difícil esto de comunicar la fe a nuestros hijos. Como decía alguno de los participantes, nos obliga a hacer una transmisión de fe casi a la defensiva. Pero trabajar contracorriente también puede darnos nuevas oportunidades, además de ayudarnos a hacer autocrítica y a podar todo aquello que es sobrero y un lastre para la fe.

Lo que no tiene sentido es tener que luchar contracorriente en el seno de la misma iglesia, tener que rectificar en casa aquello que la institución ha sembrado de sectarismo o de fundamentalismo, de estrechez de miras o de intolerancia en el corazón de nuestros hijos. En este caso, es cuando nuestro trabajo de padres se convierte en una carga difícil de sobrellevar.

Perdonad la osadía pero para resumirlo permitidme que haga uso de un símil periodístico. En nuestra profesión somos conscientes de que hemos producido una sociedad bulímica de información pero anoréxica de conocimiento. La frase no sé de quién es pero me parece acertada para aplicarla a nuestra iglesia: una iglesia bulímica de moralismos y formalismos pero anoréxica de alegría y de esperanza. Nuestro reto de padres es evitar que esto se contagie a nuestros hijos.

5. Palabras y experiencias: el problema del como

Si, como veis, las reflexiones de los participantes dieron para mucho no os perdáis cuál fue el tema estrella. El lenguaje. De verdad, probablemente fue la cuestión más debatida y no querría ser deshonesto con ellos dejando de mencionar las diversas posiciones al respecto.

De entrada hay que decir que, educados en la palabra, todos tendemos a hacer uso de la palabra para comunicar la fe a nuestros hijos, sobre todo en un principio. Los más viejos ya sabéis que cuanto más aprendes, a hablar, más caes en la cuenta que el silencio también es comunicación, sobre todo cuando se trata de responder al misterio –“Papà, ¿qué quiere decir que Dios es padre, hijo y espíritu santo?” ----¿?; Mamá, ¿qué quiere decir que Jesús resucitó?, ¿nosotros también resucitaremos, de què manera? Y, por cierto, ¿qué quiere decir que Jesús era hijo de Dios?, ¿no era San José, el carpintero?-

En fin, a la inocencia le tendríamos que rendir más a menudo el homenaje de dejarnos sin palabras y no intentar encontrar respuestas para todo. No las tenemos todas, las respuestas.

Pero como que la experiencia es una cosa de años y los padres que nos reuníamos éramos jóvenes, perdonadme que me incluya pero la media estaba por los 35-40 y yo solo los ganaba por unos puntos-, pues claro lo que suscitó más debate fue la cuestión del lenguaje, con qué palabras, con qué recursos verbales, etc., hemos de transmitir la fe?

Os lo lo resumiré en forma de diálogo ficticio pero extraído del diálogo real que tuvimos: Pues oye para mi los cuentos son una buena herramienta, incluso los dibujos animados esos de *Pokèmon,...
- Ah, y por qué no el evangelio directamente o el mismo catecismo?
- Por que a nuevas realidades nuevos lenguajes!

- Ah, pero es necesario un lenguaje nuevo para expresar una realidad de siempre? Es que la fe se transmite mejor con las formas de ahora que con las de antes? - Perdonad los dos pero no podemos pretender que haya un lenguaje universal y intergeneracional para transmitir la fe. - Ah, pues, hagamos uso de los signos, del lenguaje de las celebraciones. La liturgia está para eso.- Si, hombre, algunos de estos simbolismos y lenguajes litúrgicos no los entiende ni... el mismo cura.
- Eso, eso es lo que tenemos que renovar: la liturgia.
- No, perdona, el mensaje es Jesús. Y la fuente del mensaje es lo que hemos de enseñar.- Sí, pero para estas edades, las de la infancia o la adolescencia, el mensaje de Jesús es demasiado exigente, es demasiado duro. –

¿Quèee? ¿Has dicho, duro? Pero si Dios es ternura! Dios es amor!. - Ya, mujer, pero el amor es exigencia y compromiso, es decir, responsabilidad. Y los chavales no la tienen todavía, digo yo. - Ei, ei, perdonad, el mensaje de Jesús ¿es duro o lo hemos hecho duro? - Escuchad, lo que cuenta de verdad para los niños no es lo que decimos sino lo que vivimos.

- Ya, pero no podemos esperar que con la simple observación los hijos capten el mensaje. Necesitamos herramientas, necesitamos la catequesis, hace falta el grupo de referencia de su edad, hace falta la comunidad, y la oración, y la lectura del evangelio, explicarles la historia de Jesús...
- Si, pero no los confundamos, porque la palabra de Dios no es una verdad científica. - Perdonad, no habíamos quedado en que la fe es un don, pues, Dios ya hará más que nosotros.
- Sí, hombre, vaya por Dios. Con qué me sales! - Etc.etc.

Como podéis ver discutir cómo transmitir la fe es un reto que nos puede encaramar a discusiones sin final. Por esto no era fácil llegar a algún tipo de consenso. De hecho, si hubo alguno, de consenso, fue el de l’eclecticismo: con la palabra y la vivencia, con el silencio y la comunidad, con la plegaria y con los signos, con los abuelos y la catequesi, con nosotros y los Pokèmon, incluso, con un poco de crítica a Bin Laden y otrotanto a Bush, y desde luego con un poco de ayuda de Dios nuestroseñor. Probablemente, con todo esto, y un poco de ’Operación Triunfo, cuando los hijos sean grandes serán capaces de hacer su propia opción. De hecho, como hemos tenido que hacerlo cada uno de nosotros, no?

Permitidme que aproveche para hacer mención de un libro que descubrí hace unos meses, justo pocas horas antes de exponer esta misma ponencia en Barcelona. Su autor habia hablado esa misma mañana en el mismo foro y hoy se me ha vuelto a adelantar. Se lo disculpo porque se ha ganado merecidamente el derecho a ser maestro aunque por edad me escueza ser alumno suyo. Se llama, lo conocéis bien, Francesc Torralba, y su libro, 25 catalanes y Dios tiene el don de ser un reparo de paz para las madres y padres atribulados por el deber de transmitir la fe. Qué diversidad de experiencias y de evoluciones personales, y qué acercamientos tan dispares a Dios pese al entorno familiar o cultural tan parecido de muchos de los entrevistados. Os lo recomiendo. Como os recomiendo, a los que os sea posible, que asistáis al seminario que él y la educadora Lourdes Monfort van a impartir próximamente en Barcelona bajo el titulo “Construir con los niños itinerarios hacia Dios”. Más información, Fundación Claret. (no hay comisión por publicidad, soy periodista y sólo hago información)

Bien, creo que padecemos un desasosiego excesivo en este aspecto de transmisión de la fe y los valores cristianos. Tenemos la sensación de que es de nosotros de quién depende la adquisición y el crecimiento de la fe de nuestros hijos. Que esto de traspasarles la fe es como la genética, que los determina. Y, no, por suerte, creer en Dios todavía es una cuestión de opción personal. Si vivimos con desazón la trasmisión de la fe, qué captan nuestro hijos? Quizás sí que capten que la fe es un regalo, pero tan mal envuelto que a menudo nos lo devuelven por impresentable.

Si la fe quiere decir confianza en Dios, tenemos que recordar continuamente que la confianza no se puede forzar; y si la fe quiere decir alegría interior no la podemos vender con cara de municipal poniendo la multa mientras la grúa desaparece por la esquina llevándose nuestro coche. Nuestra cara será la del municipal, pero ¿os imagináis la de nuestros hijos?

6. La fe: certeza versus seguridad

Por todo ello, y voy acabando, me parece bueno volver al origen de la cuestión. Queremos transmitir una fe, una verdad, la Verdad con mayúsculas para nosotros, a nuestros hijos. De acuerdo, pero cuando lo hagamos no esperemos ni soñemos garantías o seguridades. Como decía Hans Küng, un teólogo que ha caído en el ostracismo pero que hizo volver a mucha gente a la Iglesia –sin ir más lejos yo mismo - tenemos que recordar que la profundidad y la seguridad de una verdad están en relación inversa.

Cuanto más insignificante es una verdad, decía Küng, como ahora 2 más 2, igual a 4, más grande es la seguridad. Pero cuando más importante es la verdad más pequeña es la seguridad. Y esto es porque cuando más honda es para mí la verdad más he de abrirme a ella, más me pide voluntad y sentimiento por llegar a tener la certeza. Y certeza no es lo mismo que seguridad o garantía total. La verdad de Dios es insegura por fuera, sitiada continuamente por la duda, pero por dentro es una roca tan sólida como el amor de una madre o de un padre por sus hijos.

Amar nuestros hijos no lo es todo, pero es mucho a la hora de transmitirles la fe, porque si nuestro amor nace de nuestra condición de sentirnos hijos de nuestros padres y hijos del Padre, esta certeza tarde o temprano anidará en su corazón.

7. Conclusión.

Al empezar este monólogo os decía que no habia venido aquí en mi condición de periodista o de guionista de TV. Pero a la hora de terminarla no puedo evitar recordar que fue precisamente esta condición profesional la que me ofreció la oportunidad de saber la respuesta a una de las preguntas que con más frecuencia me hacía en relación a la fe cristiana.

¿Por qué, me preguntaba a menudo, los crisitianos utilizamos este lenguaje tan alejado del hablar cotidiano como ahora “Dios te ha salvado” “Jesús es la salvación del mundo”, o aquello que decimos en el Credo “El cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo...”

A quién nos podemos dirigir hoy con estas expresiones? Quién las entiende? Hay alguien que, si utilizamos este discurso tan alejado del corriente, nos comprenda sin dificultades? Y si alguien de buena fe empieza por escucharnos no terminará despachándonos por plastas y pelmazos?

Estas preguntas me las hacía en mi juventud hasta que un día, a principios de los años 80, tuve ocasión de entrevistar al Dr. Jordi Gol, médico de familia o, como él decía, médico de enfermos, médico de personas, no de enfermedades.

Le entrevistaba sobre cuestiones de medicina y de salud y me dijo que en el Congreso de médicos y biólogos catalanes del año 1976, en Perpiñán, habían elaborado una nueva definición del término salud, más completo que el habitual de “salud es ausencia de enfermedad”.

La salud, decía, es una manera de ser, de vivir, una propiedad dinámica que se puede definir sobre todo con tres parámetros: autonomía, solidaridad y joia (en catalán, gozo interno o tal vez la traducción seria “dicha”; la palabra catalana es joia pero no tiene una traducción literal fácil, un ejemplo de cómo nuestra lengua, aunque muchos lo ignoren, és más rica de lo que parece). El Dr. Gol me ayudó a interpretar cada una de estas palabras pero la que más sorprendió fue precisamente joia: joia, dijo, es el resultado de la reconciliación con uno mismo y con los otros, con el pasado y el futuro, con nuestras limitaciones, con la vida interna y la vida del exterior. Esta es la fuente de la joia, del gozo, de la dicha. Y me acabó diciendo: “Hijo, como puedes ver, tener salud es la armonía profunda”.

Sin haberme hablado de la fe, aquel gran médico -y gran cristiano- hoy ya desaparecido me hizo pensar que la salvación viene del término salud, y que esta salvación que Dios nos ha traído a través de Jesús es precisamente esto: autonomía, porque me permite ser libre aún padeciendo alguna discapacidad física o social, como por ejemplo no tener riquezas o poder ; solidaridad, porque me abre los ojos a la fraternidad que me une a todos los hombres y mujeres, y joia porque es l’alegría interior fruto de la reconciliación plena. Si practicáramos más a menudo y de verdad el valor del perdón, hacia fuera y hacia adentro, avanzaríamos mucho más en el acercamiento del Reino.

Después de aquello vivo mucho más tranquilo ante el reto de transmitir la fe a mis hijos –por cierto, hasta ahora un fracaso-: si me ven vivir con salud, con esta salud, estoy salvado, y no hará falta que se la transmita con muchas palabras. A vosotros, disculpadme, quizás os he torturado con demasiadas. Pero, en cualquier caso, muchas gracias por escucharlas.

 


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